El pistacho dejó de ser un cultivo exótico para transformarse en uno de los negocios agrícolas con mayor crecimiento en Argentina. Impulsado por la demanda internacional y precios récord, el llamado “oro verde” avanza con fuerza desde San Juan hacia nuevas regiones productivas, incluida la Patagonia. Pero detrás del boom aparecen desafíos que preocupan cada vez más a científicos y productores: el consumo de agua en zonas áridas, el impacto sobre los ecosistemas y los daños causados por fauna nativa.
El desarrollo del pistacho en el país comenzó en la década de 1980, cuando productores sanjuaninos introdujeron variedades provenientes de Irán y California. Desde entonces, el crecimiento fue constante hasta convertirse en uno de los cultivos más dinámicos de la última década. Actualmente, San Juan concentra unas 6.500 hectáreas, equivalentes al 85% de la superficie nacional dedicada al pistacho.
El atractivo económico explica buena parte de la expansión: el kilo alcanza valores cercanos a los 23 dólares, mientras que la demanda global crece a un ritmo promedio del 6,5% anual.
Sin embargo, el negocio requiere inversiones de largo plazo. Los productores estiman períodos de recuperación de entre 14 y 15 años, además de infraestructura específica como sistemas de riego por goteo y condiciones climáticas muy particulares.

La ciencia analiza el impacto del loro barranquero
En paralelo al crecimiento productivo, investigadores comenzaron a estudiar uno de los conflictos emergentes del sector: los daños provocados por aves nativas sobre las plantaciones.
El biólogo Exequiel Gonzalez, integrante del Centro de Investigaciones de la Geósfera y Biósfera (CIGEOBIO) de la Universidad Nacional de San Juan y el CONICET, lidera un estudio sobre la relación entre el cultivo y el Loro barranquero.
“Generar bases científicas sólidas para abordar un problema que viene creciendo en la región”, explicó el investigador sobre el objetivo del trabajo.
Según detalló, el loro barranquero es la especie más señalada por productores como causante de pérdidas, aunque aclaró que también se registraron daños ocasionados por cotorras.

Los primeros resultados muestran un escenario más complejo que el planteado inicialmente por el sector productivo: el daño existe, pero no es uniforme y varía significativamente entre fincas y temporadas.
“Uno de los factores más importantes es la alta movilidad del loro barranquero”, señaló Gonzalez, al explicar por qué resulta difícil medir con precisión el impacto económico.
Una especie protegida y un desafío ambiental
El estudio también puso el foco en la importancia ecológica del loro barranquero.
La especie está considerada amenazada a nivel nacional y cumple funciones relevantes en ecosistemas áridos, como la dispersión de semillas.
Por eso, el investigador remarcó la necesidad de encontrar soluciones equilibradas. “Es clave poder diseñar estrategias que reduzcan las pérdidas económicas sin afectar la conservación de las especies”, sostuvo.
El pistacho avanza hacia la Patagonia
Mientras San Juan lidera la producción nacional, el negocio comienza a expandirse hacia otros territorios.
Uno de los casos más destacados es Casa de Piedra, en La Pampa, donde la firma Pampapist desarrolla plantaciones irrigadas con agua proveniente del río Colorado.

La empresa apuesta a posicionar la marca “Pistachos de la Patagonia” en mercados internacionales premium.
Entre las ventajas competitivas de la región aparece el acceso al agua: mientras en San Juan perforar pozos puede costar hasta 100.000 dólares, en Casa de Piedra el recurso llega filtrado y sin costos adicionales.
La presión sobre el agua
El crecimiento del pistacho coincide con un escenario climático cada vez más delicado en zonas áridas del país.
San Juan atraviesa más de una década de sequía severa, agravada por el retroceso de glaciares y la disminución de nieve en la cordillera.
Aunque el pistacho es considerado un cultivo relativamente eficiente frente a otros frutales, sus niveles de producción comercial siguen requiriendo grandes cantidades de agua.
Una finca de referencia consume entre 7.000 y 8.000 metros cúbicos por hectárea al año, incluso utilizando riego por goteo.

El investigador del INTA, Gonzalo Sánchez Cañete, resumió el dilema central: “La pregunta no es solo cuánta agua usa, sino de dónde sale y cuánto queda disponible para los demás”.
Producción, ambiente y expansión
El crecimiento del pistacho argentino abre oportunidades económicas importantes, pero también obliga a discutir cómo compatibilizar producción, conservación y manejo sustentable de recursos.
El avance hacia nuevas regiones como la Patagonia, la presión sobre el agua y la convivencia con fauna nativa aparecen hoy como los principales desafíos de una industria que busca consolidarse sin comprometer los ecosistemas donde se desarrolla.
En ese escenario, la ciencia intenta aportar respuestas para que el brillo del llamado “oro verde” no termine generando nuevos desequilibrios ambientales.
Fuente: Medios.

