Aunque nació en Buenos Aires, hace 40 años eligió Bariloche como su hogar. Antes de dedicarse al reparto de encomiendas fue colectivero durante 15 años y luego trabajó cinco años como camionero. Toda esa experiencia le permitió conocer en profundidad uno de los caminos más exigentes de la Patagonia.
“Por un lado es lindo tener tanta experiencia, pero por otro lado es mucha responsabilidad”, resume al hablar de un trabajo que exige enfrentar nieve, barro, viento y largas distancias para cumplir con cada entrega.
Para Ferrario, la Ruta 23 cambia de rostro según la estación del año, pero nunca deja de presentar desafíos. “La conocemos hasta con los ojos cerrados”, afirma sobre el camino que une decenas de localidades de la región.
Durante el verano, el polvo y los pozos castigan permanentemente los vehículos. En invierno, en cambio, la nieve, el hielo y el barro convierten cada viaje en una prueba de resistencia.
Aun así, asegura que recorrer la estepa sigue siendo una experiencia única. Mate en mano, emprende cada viaje sabiendo que detrás de cada destino hay familias esperando una encomienda, un repuesto o un medicamento.
Historias que dejó el camino
Su relación con el volante comenzó cuando apenas tenía 13 años. Un tío le enseñó a manejar en un Rambler modelo 72, un vehículo al que recuerda con cariño y que marcó el inicio de una vida dedicada a las rutas.
Con los años acumuló innumerables anécdotas, aunque una de las más difíciles ocurrió hace cuatro años. Mientras uno de sus hijos conducía uno de los vehículos de la empresa familiar, una rotura en el sistema de dirección provocó que perdiera el control.
El utilitario dio un trompo y terminó impactando contra un guardarraíl en un sector de curvas entre Pilcaniyeu y Pichi Leufu. La barrera evitó que el vehículo cayera al vacío.
La naturaleza también puso a prueba su compromiso durante la erupción del volcán que cubrió de cenizas gran parte de la Patagonia.
“Se nos fundió una camioneta por la ceniza. Tuvimos que repararla, tuvo su costo, pero siempre con la idea de llegarle a la gente”, recordó.
Años después, durante la pandemia de Covid-19, su tarea volvió a ser indispensable.
“En la pandemia éramos los únicos que viajaban porque el gobierno había autorizado solamente al correo. Tratamos de cumplir siempre con el servicio”, contó.
El desafío de llegar siempre
Los inviernos son, quizá, el mayor desafío. A medida que deja atrás Bariloche y se interna en la meseta, colocar cadenas en los neumáticos pasa a ser una tarea obligatoria.
“Es complicado poner cadenas con las manos congeladas, lleno de nieve, lleno de barro, pero se hace lo que se puede porque de esto vivimos”, explicó.
Hace 18 años, Ferrario creó junto a su esposa Mónica un emprendimiento familiar que hoy también integran sus hijos Luciano y Kevin. Entre todos organizan los recorridos, deciden quién realiza cada viaje y mantienen los vehículos que recorren miles de kilómetros cada mes.
Según explicó, en localidades como Pilcaniyeu, Comallo e Ingeniero Jacobacci, muchas veces son el único nexo para que lleguen productos que no pueden conseguirse en los comercios locales. El transporte de medicamentos es una de las tareas que asumen con mayor compromiso debido a la necesidad de numerosos pacientes.
Para Marcelo, cada viaje representa mucho más que una entrega.
“Tenemos una responsabilidad muy grande con la gente de la Línea Sur que depende mucho de Bariloche y tratamos de llegar como sea”, concluyó.