Leticia Veraldi tenía 17 años cuando su vida quedó atravesada por la última dictadura militar. Como tantas adolescentes de su generación, iba al colegio, compartía tiempo con sus amigas, escuchaba Sui Generis, tocaba la guitarra, tejía y escribía cartas. También tenía un proyecto para el futuro: quería convertirse en maestra rural y enseñar a niños mapuches en la cordillera.
Pero el clima de violencia política de aquellos años había comenzado a modificar su vida. En 1976, después del golpe de Estado, sus padres decidieron enviarla desde Vicente López a Cipolletti para protegerla. Leticia había participado en el Centro de Estudiantes de su colegio y militaba en la Juventud Guevarista. Varios compañeros habían sido secuestrados y desaparecidos, y el traslado dentro del país apareció como una forma de mantenerla a salvo.
Llegó a la casa de Noemí Labrune, histórica referente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Neuquén, donde permaneció junto con su familia. En Cipolletti comenzó a cursar el último año de la secundaria en el Colegio Manuel Belgrano.
Para sus nuevas compañeras era una adolescente reservada, inteligente y de baja estatura, que solía leer o tejer durante los recreos.
“No contaba nada. En los recreos leía o se ponía a tejer. Con los años nos dimos cuenta de que nos estaba cuidando”, recordó Sonia Matano, una de las jóvenes que compartió aquel último año con ella.
Otra compañera, Noemí Nuín, recordó su capacidad para observar y analizar lo que ocurría a su alrededor y, sobre todo, su sensibilidad hacia los demás.

Esa preocupación también se reflejaba en su participación en actividades solidarias con chicos de escuelas rurales de la región. Una vez por semana, junto con otros estudiantes, viajaba a establecimientos de la zona de chacras para organizar juegos, títeres, música y otras actividades.
Era, según quienes la conocieron, una adolescente profundamente comprometida con su entorno.
Una película, preguntas incómodas y señales que con el tiempo cobraron otro sentido
Poco antes de su desaparición ocurrió un episodio que sus compañeras recordarían durante años. Estudiantes de cuarto y quinto año de distintos colegios de Cipolletti fueron trasladados al Cine San Martín para presenciar una película presentada por integrantes del Ejército. El material mostraba, desde la perspectiva de las Fuerzas Armadas, supuestos ataques cometidos por organizaciones calificadas como “terroristas” por la dictadura.
Había militares dentro de la sala. Uno de ellos recorría las filas y se detenía cerca del grupo donde estaba Leticia. La joven hizo preguntas y cuestionó parte de lo que acababan de mostrarles. Según recordó Matano, uno de los militares habría preguntado quién era “la chiquitita de chaqueta verde”.

Años después, sus compañeras también recordarían otro dato: antes del secuestro, alguien relacionado con los servicios de inteligencia habría realizado consultas para conocer los horarios de salida de los alumnos de quinto año.
El 4 de julio de 1977
El 4 de julio de 1977 comenzó como una jornada habitual para Leticia y sus compañeras. Habían pasado parte del día estudiando y preparándose para un examen.
Después de salir del colegio, comenzaron a regresar a sus casas. Leticia caminaba junto a sus amigas cuando se despidió de Sonia Matano a pocas cuadras de la escuela.
Sonia recuerda con precisión aquel último momento. Leticia se dio vuelta, se rio, le sacó la lengua y siguió caminando.
Fue la última vez que la vio.
Minutos después, según los testimonios reconstruidos posteriormente, un grupo de hombres la interceptó en la calle. Dos de ellos la habrían tomado y llevado por la fuerza hasta un Fiat 128.
Leticia tenía 17 años.
Nunca volvió a casa.

El silencio que quedó en la escuela
Después de la desaparición, sus compañeras no recibieron respuestas. La escuela tampoco formuló públicamente preguntas sobre su ausencia. El miedo se instaló en las aulas, los pasillos y las familias.
“A nosotras nos robaron el respeto, nos impusieron el miedo. Y eso es algo que quizás en ese momento no lo sentimos, pero que lo vivimos”, recordó Matano años después.
La dimensión real de aquella desaparición comenzó a tomar forma recién con el regreso de la democracia.
El 10 de diciembre de 1983, durante una manifestación por los Derechos Humanos en Neuquén, Matano encontró entre las siluetas de cartón que recordaban a las víctimas una que llevaba un nombre conocido: “Leticia Veraldi – 4 de julio de 1977”.
Aquello permitió ponerle nombre a una ausencia que durante años había permanecido envuelta en el silencio. Leticia había sido secuestrada y permanecía desaparecida.
La joven que soñaba con ser maestra rural
Durante los juicios realizados en Neuquén para investigar los delitos cometidos durante la última dictadura, la historia de Leticia volvió a reconstruirse a partir del testimonio de familiares, compañeras y personas que habían compartido sus últimos meses.
Noemí Labrune recordó entonces que la adolescente tenía un proyecto de vida definido: quería estudiar para ser maestra rural y enseñar a niños mapuches en la cordillera.
Su vocación también estaba vinculada con las actividades solidarias que realizaba junto a otros estudiantes. Desde la Escuela 50 se había conformado un grupo que colaboraba con establecimientos rurales de la región.
En una de esas experiencias llegaron hasta una escuela cercana al paralelo 42. Allí Leticia participó de las tareas de la misma manera en que encaraba todo lo que hacía.
Sus compañeros la llamaban “la ardillita”. Mientras colaboraban con los trabajos de mantenimiento, la joven leía en voz alta fragmentos del Diario del Che. Tenía 17 años y proyectaba una vida que nunca pudo comenzar.
La búsqueda y los testimonios
Después de la desaparición, la familia Labrune inició una búsqueda que se enfrentó durante años con el silencio de los organismos represivos.
Labrune relató ante la Justicia que una mujer vinculada a un integrante de la Policía Federal le había contado que aquella noche había visto a una adolescente muy joven en la delegación de la Policía Federal de Neuquén. Con el paso del tiempo, esa mujer negó haber realizado aquella afirmación.
También aparecieron testimonios sobre consultas previas relacionadas con los horarios de salida de Leticia en el colegio.
Su caso fue incorporado a los procesos judiciales que investigaron los delitos de la dictadura en Neuquén y Río Negro. Sus familiares y compañeras volvieron entonces a recorrer sus últimos días y a reconstruir la secuencia previa al secuestro.
Los testimonios permitieron transformar una ausencia sostenida durante años en una historia documentada dentro de las investigaciones por delitos de lesa humanidad.
Una memoria que permanece en Cipolletti
La historia de Leticia también quedó ligada a distintos espacios de memoria de Cipolletti.
En 2013, durante un nuevo aniversario de la Noche de los Lápices, se inauguró en Alem y Villegas, cerca del lugar donde habría sido secuestrada, un homenaje realizado por la artista Cecilia Berjolis junto con estudiantes del CEM 102.
También existe la Casa de Leticia, un espacio dedicado a mantener presente su historia y transmitirla a nuevas generaciones.
A 50 años de la Noche de los Lápices, la figura de Leticia vuelve a ocupar un lugar central en las actividades de memoria de Cipolletti.
La fecha recuerda a los estudiantes secundarios secuestrados en La Plata durante septiembre de 1976. Pero la historia de Veraldi también permite mirar lo ocurrido en el Alto Valle y recordar que la persecución política alcanzó a jóvenes de esta región.
Leticia era estudiante secundaria. Tenía 17 años, proyectos para el futuro y una vida que apenas comenzaba.
Salió del colegio el 4 de julio de 1977.
Nunca volvió.
Fuente: Medios.

