Escondida detrás de una puerta, debajo de un estante o en algún rincón de la despensa, la damajuana de vino conserva algo de otra época. Un tiempo en el que el vino ocupaba un lugar cotidiano en la mesa, las compras se hacían para varias semanas y el ritmo de vida parecía más pausado. Hoy, aunque el consumo de vino cayó de manera drástica en Argentina, ese envase tradicional sigue vigente en el Alto Valle y encontró nuevas razones para sobrevivir.
Detrás de la clásica estructura de plástico y su particular manija hay una ecuación que beneficia tanto al productor como al consumidor. Una damajuana de 4,750 litros permite acceder a un vino de calidad comparable con el que se comercializa en botellas de 750 mililitros, pero a un precio considerablemente menor. Para las bodegas, además, representa una herramienta para generar ventas directas, reducir costos de envasado y liberar espacio antes de una nueva vendimia.
Ricardo Hernández, integrante de Familia Dellanzo, resume una de las principales ventajas del formato desde el punto de vista ambiental: “Ecológicamente es un golazo”. La comparación con el vino embotellado permite entender por qué. Una damajuana contiene el equivalente a seis botellas, pero necesita un solo cierre y una sola etiqueta, utiliza menos vidrio, requiere menos embalaje y reduce el volumen transportado.
A esa ventaja se suma un proceso de envasado más sencillo. No hacen falta cajas de cartón ni los accesorios que acompañan a las botellas y, según explica Carlos Tronelli, de la tradicional bodega roquense, también se necesita mucha menos mano de obra.

Una tradición que sobrevive al desplome del consumo
El principal desafío para este formato no está en la producción sino en el mercado. El consumo de vino en Argentina está muy lejos del récord de 91,8 litros por habitante registrado en 1970. En los últimos meses llegó a ubicarse en torno a los 14 litros anuales por persona, una caída que transformó por completo los hábitos de consumo.
Cambió el trabajo, cambiaron las rutinas y también cambió la relación con el vino. Sin embargo, la damajuana logró conservar un espacio propio, especialmente en regiones donde existe una fuerte tradición vitivinícola.
En ese contexto, incluso comenzó a experimentar un pequeño regreso en la gastronomía. Restaurantes especializados en carnes y establecimientos con una estética más tradicional recuperaron el envase como parte de la ambientación y del servicio, desde la propia damajuana hasta el clásico pingüino o directamente la copa.
Para conocer cómo sobrevive este mercado, el recorrido por tres bodegas del Alto Valle permite encontrar varias coincidencias. Familia Dellanzo, en el extremo norte del valle; Bodega Tronelli, en General Roca; y Bodega Favretto, en General Roca, representan distintas experiencias de un negocio que, pese a la caída del consumo, se mantiene activo.

Gustavo Favretto, uno de los referentes de este segmento, considera que la damajuana tiene todavía un público fiel y cuestiona la asociación automática entre ese envase y el consumo excesivo. Su mirada se centra en la tradición, el precio y la posibilidad de acceder a un producto de calidad a un costo menor, siempre bajo la premisa de que el vino debe consumirse con moderación.
Favretto también sostiene que actualmente un vino comercializado en damajuana puede alcanzar una calidad comparable a uno embotellado. Y le asigna otra función clave dentro de la bodega: “la damajuana es la caja diaria”, porque permite sacar volumen de producción y liberar capacidad para el vino de la nueva cosecha.
La gran diferencia está en el precio
Una de las razones que explican la permanencia del envase es sencilla: el precio. Una damajuana de 4,750 litros se comercializa actualmente, según los casos relevados, entre $11.000 y $16.000. En promedio, eso equivale a unos $2.500 por el contenido correspondiente a una botella de 750 mililitros, mientras que una botella de calidad similar puede costar entre $10.000 y $12.000.
El ejemplo de Bodega Tronelli es todavía más claro. Su Malbec Reserva puede adquirirse en una caja de seis botellas por $30.000 en bodega, es decir, $5.000 por unidad. El mismo vino en damajuana se vende a unos $11.000 por 4,750 litros, lo que lleva el equivalente por botella a alrededor de $1.800.
En Familia Dellanzo, la historia del formato es todavía más profunda. La empresa lleva 63 años elaborando vinos y durante seis décadas encontró en la damajuana su principal canal de comercialización para el mercado de cercanía.
Hernández explica que, aunque durante años existió el deseo de ingresar al mercado de las botellas, siempre se trabajó con la premisa de producir un vino con calidad suficiente para ambos formatos. Hoy, la damajuana representa aproximadamente el 80% de una producción anual de 150.000 litros, lo que equivale a unas 32.000 unidades.

El trabajo detrás de una damajuana
La tradición también tiene su costo. Una vez abierta, la damajuana no ofrece la misma duración que una botella cerrada y el contacto con el oxígeno acelera la alteración del vino.
Por eso, los bodegueros recomiendan fraccionar el contenido una vez abierta, utilizando botellas limpias y bien tapadas. Tronelli sostiene que, bajo buenas condiciones de conservación, el vino puede mantenerse durante varios meses, siempre que se lo guarde en un lugar oscuro, fresco y con el menor contacto posible con el aire.
Ese procedimiento manual es justamente uno de los obstáculos del formato. Para Carlos Tronelli, el problema de la damajuana está relacionado con el trabajo adicional que le demanda al consumidor: abrirla, trasvasar el vino y volver a cerrar las botellas. No todos están dispuestos a asumir ese ritual.
Pero en contextos de menor poder adquisitivo, esa incomodidad puede quedar en segundo plano. La diferencia de precio termina pesando más que la comodidad del envase tradicional.
Un ritual que sigue vivo
En las bodegas del Alto Valle, la venta directa demuestra que la costumbre todavía existe. En muchos casos, los clientes no compran una damajuana para el día: llegan con el envase, lo llenan y se llevan vino suficiente para varias semanas o incluso meses.
Hernández cuenta que durante décadas la bodega Dellanzo ni siquiera necesitó cartelería para atraer compradores. La reputación circulaba de boca en boca y el cliente conocía el lugar, llegaba y se llevaba su vino.
Hoy, además de los consumidores de localidades cercanas, aparecen personas que convierten la compra en una salida familiar. Llegan desde Neuquén, Plottier, Catriel, Allen o Senillosa, entre otras ciudades, específicamente para cargar sus damajuanas.

En Favretto ocurre algo similar. Cerca del 90% de las ventas de damajuana se realizan directamente en la bodega, aunque también existen clientes de otras localidades que reciben el vino mediante transporte. El requisito, en muchos casos, es el mismo: llevar el envase vacío para retirar uno lleno.
La damajuana es, además, un envase retornable. Se lava, se reutiliza y vuelve a entrar en circulación, otra característica que reduce el uso de materiales descartables.
Del mostrador de la bodega a la mesa del restaurante
La damajuana también está recuperando protagonismo en la gastronomía. En distintos establecimientos de la región, el envase dejó de ser únicamente un recipiente de transporte para transformarse en parte de la experiencia.
Hernández cuenta que algunas bodegas venden a restaurantes de Cipolletti, Neuquén, Villa Pehuenia y Moquehue, además de establecimientos de General Roca que utilizan el vino de la casa servido desde damajuanas.
El atractivo está tanto en el contenido como en la puesta en escena. Una damajuana visible en el salón, un pingüino servido en la mesa o una copa cargada desde el envase forman parte de un pequeño ritual que vuelve a ganar espacio.
“Hoy los nuevos restaurantes como que la están poniendo otra vez de moda”, explica Hernández. Para algunos establecimientos, la damajuana representa una forma de recuperar una estética tradicional y ofrecer una experiencia diferente.
Al mismo tiempo, las bodegas también buscan alternativas modernas para conservar el vino una vez abierto. Tronelli, por ejemplo, incorporó tecnología de bag in box, que permite conservar el vino al vacío y servirlo por copa durante semanas sin que pierda sus características.
Una sobreviviente del cambio de época
Los tres bodegueros consultados coinciden en algo: la damajuana no pertenece solamente al pasado. Su permanencia se explica por una combinación de precio, tradición, calidad, venta directa y reutilización del envase.
Favretto sostiene que existe además un componente familiar. Todavía hay personas que disfrutan descorchar, servir el vino en una jarra y llevarla a la mesa, reproduciendo una costumbre que atraviesa generaciones.
En ese sentido, la damajuana parece haberse adaptado a una época distinta. Ya no ocupa necesariamente el lugar cotidiano que tenía décadas atrás, pero encontró un espacio donde sigue teniendo sentido: en las bodegas de cercanía, entre consumidores que buscan precio y calidad, y en restaurantes que redescubrieron el valor de ese objeto con aire vintage.
La botella puede haber ganado la batalla de la comodidad y la imagen, pero en el Alto Valle la damajuana conserva una ventaja difícil de discutir: permite llevar mucho vino, por menos dinero y con un impacto menor en materiales y transporte.
Quizás por eso, cada vez que una persona llega a una bodega con una damajuana vacía bajo el brazo, no está comprando solamente vino. También está sosteniendo un pequeño ritual que se niega a desaparecer.
Fuente: Medios.

